martes, 2 de noviembre de 2010

-¡Vuelvo más tarde! - Le grité a mi madre, quien estaba vuelta loca con el desayuno familiar.
-Espera, cómete algo; no puedes irte con el estómago vacío.
Di media vuelta y la miré. Sí, esa era mi mamá, siempre preocupándose por mi e inculcándome los valores que ella aprendió, a su vez, de mi abuela. Sonreí y caminé a la cocina.
-Está bien, pero sólo porque tú me lo pides, mamá.
Ella se rió a carcajada limpia y yo con ella. Mi madre es la persona a la que más amo en el mundo; es mi amiga, mi confidente.
-Te adoro, Alejandra –me dijo mientras me pasaba el plato con pan tostado y una taza de té.
Pasamos cerca de 20 minutos conversando, hasta que me dí cuenta de que ya era demasiado tarde y no llegaría a la universidad en autobús.
-Dame cinco minutos y le digo a tu padre que te lleve, Ale.
-¡No ,mamá! Creo que me iré en la bicicleta, la verdad es que de aquí a que mi papá se arregla y toma su dosis diaria de cafeína no llegaré a tiempo nunca.
Salí corriendo de la casa con el suéter y varios libros entre los brazos; la mochila se balanceaba precariamente en mi hombro izquierdo. El cabello me caía en el rostro y se metía en mi boca, cubriéndo también mis ojos.
-¡Ten cuidado en la avenida, Alejandra! –le escuché gritar a mi mamá al tiempo que arrojaba los libros y el sueter en la canastilla que estaba sujeta en la parte delantera  del manubrio y ajustaba la mochila en mis hombros. Me despedí de ella con un rápido saludo con la mano y enfilé hacia la avenida.
No había nada en ese día, tan normal para mì, que indicara que mi vida cambiaría; los autos hacían la fila interminable de siempre y los comerciantes ofrecían sus productos de diario. En el pueblo en que yo vivo no hay mucho que ver, a excepción de la playa. Ese lugar tiene un encanto y una magia demasiado poderosos; cuando estoy abatida o demasiado estresada, voy a ese lugar sola, sobretodo por la noche. Últimamente no he acudido ya que las lluvias humedecen la tierra y forman una capa de lodo que cubre en su totalidad la ladera que baja al acantilado y da al mar; la capa de lodo provoca que las ruedas de la bicicleta se atoren y eso me ha costado varias caídas, ninguna grave hasta el momento.
-¡Muévete, tengo prisa! –me gritó un sujeto en medio del sonido del claxon.
-Qué falta de educación –le espeté y comencé a pedalear más deprisa, consciente de que quizá no lograría llegar a la universidad a tiempo.
Poco faltó para que lograra cruzar la avenida mientras el semáforo aún tenía el color verde, sin embargo se me atravesó un panadero en su triciclo y me quedé en la primera fila.
“Y así la pequeña princesa perdió el examen”…. Pensé abatida.
-¡EL EXAMEN! –grité tan de repente y tan alto que más de un automovilista volteó a verme. Atravesé la avenida sin reparar en los autos que circulaban por ella, mientras recordaba un atajo a pocos kilómetros de ahí.
Comencé a adentrarme en una especie de bosque,pedaleando a toda prisa. Loa árboles pasaban frente a mí tan rápido que sentía los arañazos en las mejillas y la nariz; entre más me adentraba, más pedregoso era el camino, la bicicleta comenzaba a rebotar cada que pasaba sobre los pequeños guijarros.
-No lo lograré, no lo lograré…
Y entonces sucedió.
Una sombra me seguía a toda velocidad, entre los árboles. Era una sombra humana, podría jurarlo. Entré en pánico y pedaleé más rápido todavía, llevando a mis piernas al límite. Cada vez estaba más cansada, no obstante no podía darme el lujo de detenerme, temía que la cosa esa me atrapara.
-¡Largo, vete! –le gritaba periódicamente, cada vez más afónica y cansada, con los ojos arrasados en lágrimas de temor.
De repente, sin previo aviso, mi bicicleta se detuvo; era como si alguien estuviera sujetándola por la parte trasera. Me incliné violentamente hacia el frente,mientras mi suéter  y algunos libros salían volando de la canastilla…y cayeron al fondo de un barranco, a unos centímetros de mi posición. Estaba helada y anonadada. Giré mi rostro al lado derecho y la ví: la sombra. Semioculta entre los árboles me observaba, vigilaba todos mis movimientos.
Comenzó a acercarse a mi, aún en la bicicleta. Era más de lo que podía soportar.
-Vete, vete –mi voz era débil y las piernas me temblaban, no de cansancio, sino de temor. La cosa alargó lo que supuse era el brazo y tocó mi mano.
Mi cerebro se desconectó y sentí como caía, quedando enre el césped y la bicicleta.
Antes de cerrar los ojos miré a la cosa inclinarse sobre mi con una mezcla de curiosidad y preocupación.